
“No os fiéis de quién no se fía de nadie.”
Artur Graf
Huelga para la huelga
En el mes de junio se me pusieron los pelos de las orejas de punta cuando vi las imágenes de algunos transportistas que hacían huelga. ¡Más allá de explicar por qué hacían huelga, unos cuantos (no todos, ¡claro está!) se dedicaban a atacar a sus compañeros de profesión que seguían trabajando. Pincharon ruedas, quemaron camiones y tiraron mercancías en medio de la carretera. Todo para informar de sus reivindicaciones... ¿Y yo que pensaba que a eso se le llamaba ser un delincuente? Hacer huelga es un derecho, no un deber. Eso quiere decir que puedes hacerla sin tener miedo a las represalias, pero que nadie debe obligarte a ello.

Porque estoy hasta la verruga de la punta de la nariz de ver cómo se tratan las huelgas, estoy a punto de empezar una. Hacer huelga, es decir, hacer un paro colectivo del trabajo con el fin de reivindicar alguna cosa, se merece un respeto. No debería hacerse de cualquier manera, ni por cualquier cosa, ni a todas horas y, todavía menos, con violencia. La historia de las huelgas se remonta a hace muchos y muchos años. Su punto de esplendor llegó con las fábricas. A medida que iban creciendo las ciudades y las máquinas sustituían a las personas, que trabajaban en unas condiciones muy precarias, los obreros se unieron para defender sus derechos. En aquel tiempo, hacer huelga era muy arriesgado. Te jugabas el trabajo e, incluso, el físico. Muchas de las condiciones laborales que tenemos ahora, son gracias a las personas que hicieron huelga en aquella época.
Por la importancia que han tenido las huelgas en la historia y por la frivolidad con que se tratan hoy en día, empezaré una huelga. Ya es hora que alguien le devuelva el honor. Ya tengo el megáfono, la pancarta y el lema que vocearé: "Huelga, huelga, huelga. ¡Huelga por la huelga"!
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